Parar la estadística de la muerte

Antes que nada no lean este texto con lástima. El objetivo con el que escribo estas líneas no es para victimizarme ni generar un sentimiento de pena. Ya bastantes penas sociales nos habitan como para sumar la personal, íntima, pesada carga de la pena cotidiana.
Escribo para dejar testimonio de este tiempo, porque me dedico a comunicar y porque pujo con ello una vocación de aporte transformador.

Vivimos en una sociedad de profundas desigualdades. No es una novedad. Pero sí es una obligación visibilízar esas desigualdades. Por eso la exigencia es hacia el Estado, hacia el gobierno. Porque sabemos que sólo un Estado presente en términos e intenciones distributivas puede mejorar las condiciones de vida que transitamos.

¿Por qué están abiertas las escuelas?
¿Por qué siguen llegando vuelos de Brasil, México, Miami y otros confines?
¿Por qué si estamos al borde del colapso, como lo señalan voces expertas y valientes, los boliches y los bares abren más temprano en CABA y recién cierran a la medianoche?
¿Por qué no hay un IFE para los sectores más vulnerables?
¿Por qué hay menos gente que va a pagar ganancias (y está muy bien) pero es dinero que el Estado no va a recaudar de un sector formal de la economía?
¿Y la economía informal? ¿Dónde están las excenciones para la economía informal?

Entonces quiero creer que no habrá para esos sectores aumentos de tarifas, ni de alquileres, ni de cableopeadores ni de alimentos.

¿O no es así?

Hace 12 días qué transito la enfermedad del COVID.
La pasé mal. Con la oxigenación al límite y por suerte sin necesitad de internación.
Con mis niñes en casa. Las mujeres no dejamos, no podemos dejar, la política de ciudado ni cuando nos enfermamos.

Elles ayudaron en todo y fuimos una burbuja COVID que salió adelante. Pero fue duro. Diez noches al menos en sopor febril, dolor de cuerpo, tremendos dolores de cabeza que aún tengo, un estado gripal con esa tos que nace desde los pulmones.
El oxímetro a cada rato en el dedo y a rezar para que no baje de 95/94.

Lo peor es la sensación de no estar del todo lúcida, no poder conectar la memoria con los olores, no poder pensar más que en el miedo a la muerte, que en definitiva, y lo digo sin vergüenza, es una presencia callada, alejada en mi rango por las estadísticas pero presente supongo que en mi y en tanta gente que pasó y está pasando por el proceso.

Por eso, esta mañana en la que me levanté mejor y pude oler una naranja, sentir que el aroma del cítrico y de mi infancia tucumana me envolvía de nuevo, me siento fuerte para retomar preguntas y conceptos que ahora están tamizados por la experiencia en el cuerpo.
Nuestros cuerpos como territorio; nuestros cuerpos con la cicatrices de esta lucha por sobrevivir al coronavirus.

Cynthia García